Contra la guerra: mujeres que convierten el dolor en protesta

Por Paloma Martínez

A simple vista, puede parecer que los colectivos de madres buscadoras en México y América Latina y las mujeres guerrilleras en Rojava no tienen mucho en común. Sin embargo, existe un hilo histórico que las conecta: en contextos de guerra, violencia y autoritarismo, son las mujeres quienes con frecuencia sostienen la protesta pública cuando el poder intenta acallar el disenso e imponer narrativas de orden y progreso.

Las guerras, después de todo, necesitan algo más que ejércitos y armas para sostenerse. También requieren relatos que normalicen la violencia, glorifiquen el sacrificio y castiguen el disenso. Por eso, protestar en tiempos de guerra es un acto profundamente subversivo.

A lo largo de la historia reciente, mujeres y disidencias han desafiado estas lógicas patriarcales y estatales desde distintos lugares del mundo: denunciando dictaduras, enfrentando regímenes autoritarios o buscando a quienes la violencia estatal y criminal intenta borrar.

Se ha hablado mucho de cómo las mujeres sostienen el sistema capitalista a través de la reproducción de la sociedad y del trabajo de cuidados no remunerado. Sin embargo, estos análisis a veces pasan por alto otro aspecto fundamental: los movimientos de mujeres y los feminismos también han desempeñado un papel crucial en desmantelar las narrativas que legitiman esos mismos sistemas de opresión y sus lógicas necropolíticas.

Las madres y abuelas que buscan a sus desaparecides 

Durante la dictadura argentina (1976-1983), un grupo de madres y abuelas comenzó a reunirse en la Plaza de Mayo, en Buenos Aires, para exigir saber el paradero de sus hijes desaparecides. Ya que las reuniones públicas estaban prohibidas por el régimen, las madres caminaban en círculos alrededor de la plaza todos los jueves. Esta persistente protesta política llevó a las abuelas quienes en muchos casos son o eran madres de les hijes desaparecides a crear un banco genético para encontrar a sus nietos ya adultos. 

Organizaciones similares se han organizado en Chile, Guatemala o Perú, y más recientemente, en México, un país que aunque no se encuentra activamente en una guerra (aunque muchos podríamos considerar que sí en una guerra civil), sí se encuentra, desde hace veinte años, en una espiral de violencia provocada por la mal llamada “guerra contra las drogas”, declarada por el expresidente Felipe Calderón en 2006. 

En este conflicto que parece no tener fin, han sido las mujeres las que encabezan las búsquedas de personas desaparecidas (principalmente varones). Ante la  ausencia  del Estado mexicano, las mujeres y familiares se han tenido que especializar en conocimientos súper sofisticados: en tecnología, programación, criminología, redes sociales, leyes, periodismo, etc. En muchos  casos, los colectivos que buscan a sus  familiares saben que no encontrarán a sus  desaparecides con vida, y la metáfora de un país que es más bien una fosa común ha cobrado una fuerza que arrasa muchas veces contra la voluntad política de organizarnos para buscar juntas, o más bien, para parar esta guerra. 

Mujeres contra la Guerra

Históricamente los movimientos por las mujeres se han decantado por ser anti-guerra, anti-militaristas y pacifistas. Hay decenas de ejemplos para tomar nota, sin embargo, hay algunos que destacan más recientemente por su relevancia en los últimos conflictos internacionales que derivan del nuevo reordenamiento geopolítico de los Estados-Nación. 

Tras la invasión de Rusia a Ucrania en 2022, las feministas rusas se organizaron en redes clandestinas para protestar contra la guerra, llamaron a su movimiento “Feminist Anti-War Resistance” . En un contexto de represión estatal, las feministas rusas han recurrido al arte de guerrilla para protestar: escribiendo slogans anti-guerra en billetes, a través de instalaciones artísticas en parques, vistiendo de negro en público para mostrar duelo por las muertes provocadas por la guerra, regalando flores y generando redes de apoyo para desertores de la guerra. 

En medio de uno de los más crueles y largos genocidios en la historia contemporánea, el movimiento de “Women in Black” iniciado por mujeres israelíes en 1988 destacaba por protestar contra la ocupación de territorios palestinos. Las activistas tomaban actos aparentemente simples y los transformaban en gestos simbólicos potentes: vestían de negro y guardaban silencio en espacios públicos. 

Este modelo de protesta se replicó en Serbia durante la guerra en Yugoslavia en los años 90, las mujeres serbias protestaban contra el militarismo de su propio gobierno y los crímenes cometidos en su nombre: un hackeo a la narrativa clásica de “patriotismo en tiempos de guerra”. 

En Estados Unidos, durante la invasión a Irak, surgió en 2002 el movimiento feminista antimilitarista CODEPINK, fundado para oponerse a la intervención estadounidense en ese país. A través de protestas performativas —mientras visten de rosa— el colectivo ha denunciado la relación entre el complejo industrial militar, el capitalismo global y el imperialismo estadounidense. Con tácticas de confrontación directa y “acción urgente”, sus activistas han organizado protestas en Washington D.C. e incluso han interrumpido audiencias y sesiones en el Congreso. Asimismo la organización a respaldado el movimiento BDS (Boicot, Desinversión y Sanciones), que promueve presión económica y política sobre Israel en apoyo a los derechos del pueblo palestino.

Sin embargo, el movimiento también ha sido objeto de controversias políticas y  algunas de sus posiciones internacionales —incluyendo posturas favorables al gobierno de Nicolás Maduro o críticas a la política estadounidense hacia China— han generado debates y críticas en medios  de comunicación estadounidenses. 

Las mujeres kurdas e iraníes: autodefensa y protesta feminista

Las mujeres  kurdas que luchan por la descolonización de Kurdistán y por la autonomía de las mujeres en su propio territorio son un caso ejemplar para entender la resistencia anticolonialista, anticapitalista y antipatriarcal. Este movimiento jugó un papel protagónico en la revolución en Rojava del 19 de julio del 2012 con su lema "Jin, Jiyan, Azadî", o "Mujer, Vida, Libertad". Sus orígenes datan desde su insurrección contra el autoritarismo  en Turquía y el extremismo de ISIS en Irak y Siria. 

Su lucha se extiende en cuatro países: Siria, Irán, Irak y Turquía. La autodefensa feminista es un pilar existencial fundamental para enfrentar al Estado Islámico y defender sus territorios, a través de milicias exclusivamente formadas  por mujeres en las Unidades  de Protección de las Mujeres (YPJ) y la filosofía de la Ciencia de la Mujer (Jineolojî) promueven la autodefensa feminista como una forma de organización, de dignidad y una necesidad existencial para resistir al extremismo y el patriarcado. 

Después del asesinato de Mahsa Amini bajo custodia policial (tras su arresto por supuestamente llevar el velo de manera incorrecta) en Irán se desencadenaron protestas masivas contra la cruenta opresión del régimen iraní. Las protestas  de mujeres en Irán —quienes en un gesto profundamente simbólico y político se quitaban el velo— convirtieron el lema de las kurdas “Mujer, Vida, Libertad” en un grito de guerra contra un estado teocrático militarizado. 

Las feministas iraníes han protagonizado uno de los movimientos políticos más importantes del país en las últimas décadas, desafiando abiertamente al régimen y ampliando el horizonte de lucha por los derechos de las mujeres. Sin embargo, el descontento social y las recientes protestas —tanto dentro de Irán como en la diáspora iraní— también han sido instrumentalizadas en el tablero geopolítico internacional. En los últimos días, este contexto ha sido utilizado para justificar ataques militares de Estados Unidos e Israel, como el reciente bombardeo a una escuela de niñas, dejando más de 108 víctimas fatales. Aun así, el movimiento de mujeres en Irán sigue siendo fundamental para comprender la lucha por los derechos humanos y la emergencia de una nueva generación feminista dentro y fuera del país.


Metáforas de guerra y el lenguaje que puebla nuestro imaginario

Mientras escribo este blog me doy cuenta de que buena parte del vocabulario que utilizo tiene que ver con metáforas de guerra: “luchar”, “arte de guerrilla”, “milicias de mujeres”, “enfrentar”, “grito de guerra”. Como comunicadora y analista del discurso, entiendo la relevancia de las metáforas y del lenguaje para formar nuestros marcos mentales: esos lentes que usamos para interpretar la realidad social. 

Según el lingüista cognitivo George Lakoff, las metáforas no son simples figuras retóricas, sino estructuras profundas que organizan  nuestra manera de pensar. En su teoría de las metáforas conceptuales, Lakoff explica que muchas de nuestras ideas abstractas se comprenden a través de metáforas tomadas de experiencias cotidianas; por ejemplo, cuando hablamos de la política como una “batalla”, de los debates como “ataques” o de los movimientos sociales como “frentes de lucha”. 

Cuando los marcos mentales que utilizamos para interpretar el mundo están saturados de metáforas bélicas, el conflicto aparece como inevitable y la violencia como una respuesta casi natural. 

También me pregunto sobre el uso legítimo de la violencia, me explico: creo que es necesario cuestionar quién tiene el poder —no sólo simbólico, sino el poder en el sentido de dominación— para detentar este lenguaje en nuestra contra. En días recientes ha circulado la noticia de que el gobierno de Trump ha utilizado una retórica religiosa apocalíptica, llamando al conflicto entre Estados Unidos e Israel contra Irán el Armagedón que traerá el fin de los tiempos y la segunda llegada de Jesucristo a la Tierra, una creencia fundamental en muchos grupos evangélicos. 

Apenas en México, la presidenta Claudia Sheinbaum organizó un evento con mujeres de las Fuerzas Armadas para conmemorar el Día Internacional de la Mujer.  Esta escena abre  una pregunta incómoda: ¿qué significa realmente la igualdad cuando se mide en términos de acceso a estructuras históricamente diseñadas para la guerra? Si “romper el techo de cristal” implica también convertirse en Comandanta Suprema de las Fuerzas Armadas o participar en actividades castrenses, vale la pena preguntarse qué tipo de emancipación estamos celebrando.

Estos  son solo algunos ejemplos que se me vienen a la mente cuando pienso en quién utiliza esta retórica bélica y parafernalia militarista para movilizar bases políticas y votantes.

Este tipo de discursos no son inocentes. Las metáforas, las narrativas religiosas o patrióticas y el lenguaje bélico ayudan a legitimar proyectos políticos que normalizan la violencia y convierten la guerra en destino inevitable. Por eso, cuestionar el lenguaje también es cuestionar el orden político que lo sostiene.

Qué urgente y qué necesario es generar nuevas metáforas y construir consenso social frente al conflicto —incluso nuevas formas de afrontar los conflictos entre individuos—, la violencia y las transgresiones. Estoy convencida de que las feministas y los movimientos sociales antiguerra, antipunitivistas, por la paz, los derechos humanos y la justicia restaurativa están abriendo camino. Es como salir de la cueva —para usar la alegoría de Platón—.

Los movimientos de mujeres en contextos bélicos o autoritarios plantean un argumento central muy potente y profundamente desestabilizador del status quo: la guerra necesita del patriarcado para sostenerse y justificarse. Los crímenes cometidos en “nuestro nombre” son actos inhumanos; el nacionalismo, la maternidad patriótica y el sacrificio masculino solo son útiles para proyectos necropolíticos que buscan saquear y destruir la vida en este planeta. El capitalismo, el patriarcado, la violencia criminal y la violencia estatal son sistemas de muerte. Frente a ellos, las mujeres nos empeñamos en generar vida, pero sobre todo en sostenerla.

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